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Entre tanto el Cochrane , llevando a su bordo al ministro de la guerra, había adelantado su reconocimiento hasta la boca del río de Lurín, sin distinguir, como Stuven, ni rastro del enemigo, ni una carpa, ni una mula, ni un humo. La lancha a vapor del Blanco se hace cargo del reconocimiento de las caletas. Del resultado del reconocimiento, se ha podido averiguar hasta aquí, con seguridad, lo siguiente:.

El Lurín desemboca frente al grupo pintoresco de las islas de Pachacamac; entre éstas y el continente hay espacio y fondo suficientes para los buques, y en días buenos, es posible desembarcar en la playa abierta. El valle no puede tener, hasta donde alcanza la vista, menos de 2. Las posiciones que hubiera podido ocupar el ejército peruano, cerca del mar, habrían quedado expuestas a ser evitadas o envueltas por el interior del valle y flanqueadas a la izquierda por la escuadra.

Así, pues, adelante por Lurín, llevando al frente la caballería a fin de encubrir nuestros movimientos y observar los del enemigo y oblicuando firmemente sobre la derecha hasta llegar a la altura del norte de Lima y cortar al dictador los caminos de la retirada. Pero se hablaba también de Ancón, y aun se dijo que en aquel día el ministro de la guerra había insinuado la conveniencia de dirigirse en demanda de aquel desembarcadero, lo cual era sencillísimo. Resuelto ahora a firme el desembarco en las caletas meridionales del departamento de Lima con el propósito inminente y esencialísimo de tomar posesión del hermoso valle de Lurín y allí concentrar y reorganizar el ejército para las jornadas definitivas, comenzó el desembarco en la caleta de Curayaco, no sin los tropiezos que el cambio continuo de los transportes en su itinerario y en su posición debía originar.

Poco a poco, avanzan en dirección al Blanco y las caletas del norte. Estas fuerzas pertenecen a la brigada del coronel Gana 1. La caballería de esta misma división comienza a salir de la Excelsior y de la Orcero.

No mucho después de las 10 a. En la caleta de Curayaco se detienen y establecen su campamento, del cual se dirigen a la playa y a los cerros inmediatos enjambres de soldados. Estos movimientos lo mismo que los de la bahía, son observados desde las alturas que cierran por el sur el valle de Lurín por una avanzada enemiga, que se mantiene en ese punto hasta puestas de sol, hora en que marcha en esa dirección el primer piquete de Cazadores a Caballo.

Viene la noche quedando en tierra unos 3. Al regimiento Buin, había reemplazado en el desembarco el regimiento 3. Lo rodeaban sus tres jefes divisionarios: Cien cazadores habían marchado adelante llevando la descubierta, al mando del mayor don José Francisco Vargas, acompañado este del comandante Letelier.

Aunque no tenía órdenes muy precisas, el comandante general de la 1. Al amanecer, el mayor Vargas le envió aviso de que se avistaban enemigos y con esto redobló su marcha. En consecuencia, a las 9 de la mañana del 23 de diciembre el coronel Gana se posesionaba tranquilamente de Lurín, donde no encontró sino unos pocos chinos libertos de las haciendas allí vecinas.

El alférez Harrington, de Cazadores a caballo, soldado voluntario del Cabo de Buena Esperanza, persiguió buen trecho con su mitad al alígero señor feudal de la zona militar de Lurín. Comenzó a decirse que la brigada Gana, que a esas horas almorzaba los toros bravos de Miranda cazados a bala y exquisitas cazuelas en los gallineros de Lurín, había sido temerariamente comprometida, y el general Sotomayor partió a escape con refuerzos, solicitando el inmediato envío de cañones.

Nuestros jefes no acababan de conocer todavía a los peruanos. Toda la artillería de campaña quedaba a bordo. El 23 por la noche marchó hacia el interior el regimiento Curicó desembarcado en esa tarde, pero extraviado en la oscuridad, y como si todavía se hallase sometido a la influencia del mareo, describió un círculo en redondo, de suerte que cuando creía su jefe descender al oasis de Lurín notó con asombro al segundo día que había regresado a Curayaco Y, en efecto, en ese mismo día hacia la una de la tarde desfilaba por delante de las arboledas de Lurín, montada en abigarrada caravana de asnos, a la manera de los peregrinos de la Tierra Santa, una muchedumbre de gente que apenas dejaba ver por entre el denso polvo que les cubría sus arreos militares.

Fue en uno de éstos, un poco al sur de Pisco, donde naufragó en el escuadrón de Granaderos a caballo que el coronel Lavalle salvó de la rota de Torata, y todavía las osamentas de sus jinetes señalan al viajero su fatal itinerario. Son terrenos de temporada y de chacarería, y hace cuarenta años vivía ahí en humilde condición de albergador de viajeros un tío del general en jefe del ejército chileno, y que si nuestra memoria no nos es esta vez infiel, tuvo su propio nombre.

Por el contrario, la de Cañete a Lima es prolongadísima, abrumadora, y si no fuera emprendida contra peruanos podría ser hasta peligrosa para las columnas que marchan por la ardiente arena, agobiadas con el peso del fusil, del morral, del abrigo y de la caramayola, que es preciso rellenar a cada etapa, sin saber en dónde.

Entre Asia y Cañete existe, en un desfiladero que el mar corta a pico, un cerro arenoso, y de los flancos de éste ruedan galgas enormes. Es éste el célebre Malpaso, terror de los viajeros. Lo atravesó en noche de densa oscuridad un viajero chileno que había salido de Asia con los huesos molidos de cansancio a la una de la mañana, y cuenta él que en silenciosa caravana y junto a una dama que, como todas las peruanas, dignas descendientes en esto de las amazonas que descubrió Orellana, iba jinete a horcajadas, cual los hombres, en brioso palafrén de sutil paso, y platicando las cansadas horas de la noche, como Ercilla y sus castellanos cuando les contaba en Arauco la historia y el dolor de Dido, le dijo aquélla:.

Otras cinco leguas peruanas cerca de siete de las nuestras han conducido a los chilenos al valle de Mala, que no es malo, sino al contrario, un paraje encantador en que los habitantes descansan de sus menudos afanes de labranza a la sombra de verdaderos bosques de naranjos y limoneros. Andando en lo montado y en buena mula de paso se llega en tres horas de Asia a Mala. La caleta es abrigada pero reducida, y Piérola ha pretendido fortificarla para darnos el placer y la ventaja de un pequeño Pisagua.

Y, sin embargo, otro viajero asegura que, gracias al paciente tejido de sombreros de pita y de cigarreras labradas y de colores gayos, los chilcanos llegaron a disfrutar antes de la independencia de una magnífica iglesia, con costo de Una guerrilla de cien infantes montados al mando del coronel Arciniega, se le agregó en Cañete, al paso que otra montonera al mando del guerrillero Celestino Conde, merodeaba por los vallejos de Asia, Mala y Bujama.

Sin embargo, desde que los chilenos se posesionaron de Pisco y de sus valles ribereños, una guardia de veinticinco Granaderos, a cargo del alférez Daroch, custodiaba aquel tesoro y lo ponía a cubierto de las infames maquinaciones que se habían descubierto a los peruanos. La segunda porción venía confiada al coronel Martínez y se componía del Atacama y del Colchagua. Eran en todo unos cinco mil hombres, y su orden fijo de marcha fue el siguiente, advirtiéndose que sólo se andaba con la fresca y descansando veinte minutos por cada hora de avance.

La primera jornada nocturna de la sufrida brigada fue al Jagüey, donde bebió a sus anchas el agua vertida en la media noche el 16 de diciembre, y allí se acampó hasta las cuatro de la tarde del siguiente día:. Allí había un verdadero pueblo improvisado de carpas también improvisadas: Había carpas grandes y las había formadas con mantas puestas sobre fusiles empabellonados o sobre pedazos de caña plantados ex profeso.

En el centro de esta población ambulante, y como a dos cuadras de la playa, o sea de la orilla del océano, se alzaban tres palmas hermosas y verdes, unidas por el tronco, bajo cuya ancha sombra se veía el abundante pozo que surtía de agua a los precarios pobladores.

La tropa iba fresca y contenta, pues el camino era llano y sin médano. El tiempo fresco y agradable. El telégrafo continuaba siempre a nuestra derecha. Al recibir el aviso de aquel nocturno asalto, el coronel Lynch avanzó con sus fuerzas en son de batalla, pero al disiparse la niebla echó de ver que el enemigo se había disipado con ella.

El 21 de diciembre, a las 9 de la mañana, esto es, a la misma hora que el convoy avistaba a Chilca por la mar, el grueso de la división Lynch penetraba en Cerro Azul y allí almorzaba. El 22 amanecía, caminando de noche, en Asia y allí a la sombra de los guarangos descansó hasta la tarde. A las dos de la mañana del 23 continuaron su estéril jornada aquellos sufridos soldados, y al llegar al bosque de Bujama se sintió intermitente tiroteo de emboscada.

En castigo de aquella alevosía el coronel Lynch destacó la brigada infernal de Villarroel a la que se habían incorporado en Cañete no menos de ochocientos chinos alzados, e hizo arrasar hasta sus cimientos las pequeñas poblaciones de Chala y San Antonio. Le acompañaban sólo 25 Cazadores, de los primeros que montaron a caballo, y el impetuoso mozo, abriéndose paso por el bosque que hervía de enemigos, cumplió su comisión reuniéndose al coronel Lynch al amanecer del 23 en Bujama.

Se reconocieron unos y otros Armaza fue ascendido por aquel hecho como en el campo de batalla. Desde Bujama, la marcha de la brigada no ofreció episodio digno de nota. El 24 de diciembre a las A la una de ese mismo día penetraba en pintoresco tropel de asnos, sombreros de petate y toda clase de arreos la primera mitad de la brigada al campamento de Lurín; y el resto de ella llegaba con el mismo talante a cargo del coronel Martínez al día siguiente. El olvido de la espada al cinto constituía verdadero delito, y se castigaba con prisión no de horas, sino de días y aun de semanas.

Ese mismo día 26 de diciembre comenzó el desembarco de la artillería pesada, y se concluyó el de la infantería, siendo los cuerpos menos favorecidos en aquella larga operación los Zapadores y el Coquimbo que sólo el 27 pudieron marchar a Lurín. Y agregando a estas cifras las tripulaciones de treinta y cuatro buques y todo el personal sin calificación militar determinada que sigue a los ejércitos, podía asegurarse que treinta y cuatro mil hombres se alistaban el 1.

Por otra parte, los marinos chilenos que bloqueaban al Callao, si no tenían fe en la paz, se sentían profundamente hastiados del bloqueo, que era la peor fortuna de la guerra, y llenaban su tarea con señalado desabrimiento y desengaño. Los cohetes incendiarios habían reemplazado a los cañones, el sueño del cansancio a la vigilancia del desvelo. Son los dragones que guardan la entrada del jardín de las Hespérides. Les voy a pasar lista por orden de graduación:.

Después de pasar revista a los buques enemigos vamos a reposarnos en la isla. La caleta de Pescadores es el campamento de los bloqueadores. Herido mortalmente a bala, porque estos combates nocturnos o del alba se libraban casi cuerpo a cuerpo, expiró el infeliz mancebo al llegar a la escalera de la Chacabuco, donde iba a ser curado.

Sus nobles restos fueron enviados a Chile. Sucedió tan triste lance de la siguiente manera:. Por manera que cuando en la mañana del 19 de noviembre de circularon por las calles de la engañada y muelle ciudad los altisonantes telegramas de Zamudio desde Pisco, todo fue carreras, alarma y alharacas. Vienen azuzados por la codicia, vienen repletos de envidia, vienen con el alma saturada de todos los apetitos inmundos que forman su delicia Tenemos a la vista estados oficiales y originales del ejército de Lima correspondiente al mes de marzo de y de ellos resulta que la fuerza efectiva de que sus dos ejércitos podían disponer era de El coronel Vargas no era un anciano: A su vez se hallaba el ejército del Norte fraccionado en cinco divisiones, en el orden siguiente:.

Para ir a Ancón el 29 de noviembre el general Montero había necesitado pasaporte especial del prefecto de Lima Peña y Coronel. A ella asistiría todo el ejército para presenciar la bendición de las banderas de los cuerpos, la del reducto que se llamaría ciudadela Piérola, confiada al afortunado marino Villavicencio, y la de la propia espada del dictador, constituido ahora en generalísimo.

Precedido de banderas y de corporaciones y seguido de innumerables legiones, el dictador había ascendido a caballo hasta la cima, siguiendo los zig-zag recientemente labrados por las tropas, y entregado su espada a su vicario general castrense el doctor don Antonio García.

Este mismo sol que alumbra la afanosa y sangrienta tarea de hoy, es el que alumbró la legendaria epopeya de Ayacucho. Y como entonces sellamos la emancipación de un continente, como entonces consagraremos ahora el imperio de la justicia y del derecho en América.

Un pueblo fatricida; pueblo rebelde a la civilización cristiana; pueblo sin la conciencia en los destinos del mundo de Colón, aprovechó de nuestro descuido para apoderarse de parte de nuestro suelo y de nuestros tesoros, llamando conquista a lo que no es sino la cuitada ocupación del salteador, juzgando duradera la criminal fortuna de una hora.

Parte el convoy y con voz de trueno se entona por todos la canción nacional. Llegados a Miraflores, nos encaminamos a nuestro cuartel. Allí pasamos la noche y al despuntar el día formaba el batallón para dirigirnos a nuestro campamento. A partir de Miraflores se encadenan los reductos y fortalezas que circulan la capital.

A nosotros nos toca ocupar un magnífico reducto. No debemos decir nada de la defensa ni de nuestros elementos. Baste saber que si siempre se ha tenido y se tiene seguridad del triunfo de nuestra causa, con las nuevas obras es indefectible. De una de las eminencias de nuestro campamento dirigimos la mirada, auxiliados por el anteojo de un compañero, a la línea de la reserva.

Aquello no puede describirse. Se siente la impresión, pero no hay como darle forma expresiva. Esas legiones de voluntarios se han amoldado desde luego a la vida militar. El día en que se instalaron en sus posiciones las fuerzas de la reserva, nacieron como por encanto con ingenio y prontitud. El sol, abrasador desde las primeras horas del día, hizo que se fabricasen esos nuevos pueblos en miniatura. El carrizo y la caña no escasean. Desde el 23 de diciembre de en que el coronel Gana tomó posesión con su brigada del ameno y anchuroso valle de Lurín, hasta el día 26 en que hizo su entrada la segunda mitad de la brigada Lynch al mando del coronel Martínez, no cesaron de llegar los cuerpos chilenos desde Curayaco a aquel hermoso campamento.

Era un verdadero río humano que iba a derramarse con las fauces secas en aquel delicioso cauce de agua cristalina para apagar su inextinguible sed. Los peruanos nunca supieron hacer la guerra de recursos a sus invasores. La sed nativa del chileno, ser criado a orillas de las acequias o al borde de las vegas, era su mejor aliada; y en todas partes, en vez de cegarlos, le dejaban intactos los pozos, los estanques, los puquios, los indígenas jaguayes y bebederos de los chasques. Y así, mientras los chilenos solían olvidar aun sus caramayolas, aquellos desventurados les abandonaban hasta sus ríos caudalosos como en Dolores, como en Ilo, como en Pisco, como en Lurín, o se los echaban encima para anegarlos, que era lo que los chilenos codiciaban.

El río Lurín corre acostado, límpido y generoso, lamiendo el pie de unas colinas medanosas hacia el norte del valle; y desde el pueblo indígena que da nombre a la comarca y que se halla situado donde comienza el valle por el sur, al punto de suspensión del río, donde aquel termina, corre una distancia medida a cordel de 4. En ese trayecto sucesivamente se acampó el ejército chileno a medida que iban llegando sus regimientos. Seguían sucesivamente en escalones por regimientos, y en ambas orillas del camino real ya citado, la brigada Martínez; en pos la brigada Gana, y junto al pueblo de Lurín cubriendo todo su frente la brigada Barceló, de la división Lagos.

La artillería de campaña desembarcaba en la caleta de Pescadores el 30 de diciembre, había llegado en la tarde de ese mismo día al campamento. La brigada Barbosa de esta división, había ido a acantonarse en otra cerrillada que yace unos metros hacia el oriente del pueblo de Lurín, valle arriba, donde existe el caserío de vivos y de momias llamado también de Pachacamac, capital de distrito con habitantes. Lurín, aldea antiquísima de pobladores, es también cabecera de jurisdicción, y en los momentos de la ocupación chilena se hallaba completamente desierto, como todo el valle hasta sus cabeceras de Manchay y Cieneguilla, que son estancias de monte proveedoras de leña de Lima, como Colina lo es todavía de Santiago.

La caballería forrajeaba en los potreros de alfalfa que dan su carga a los borricos de Lima, y la artillería ocupaba el centro envuelta por la reserva. El primero a la izquierda es el del regimiento de Cazadores, que tiene campo bastante para su caballada, y un poco a la costa, los Carabineros de Yungay. Al frente, en una serie de carpas, el general Sotomayor y los ayudantes de su estado mayor. Un soldado, no sabiendo cómo llamarla, dijo con toda irreverencia que era la Mercería del Gallo.

Es algo como el golpe de vista que ofrece la cancha de carreras de Viña del Mar el día de su gran fiesta de octubre. La fantasía de los soldados encuentra en esta vida especial de aislamiento íntimo en medio de esa gran muchedumbre que le rodea, ancho campo en que lucir sus caprichos tan originales como agudos. Por los callejones se oye pregonar cuanto no existe en esta tierra, sino en sus recuerdos.

Preguntarle a cada soldado qué anda haciendo un poco perdido por los bosques, y la respuesta es infalible:. La provisión suministrada al soldado era, a la verdad, escasa, porque las recuas de mulas apenas transportaban lo que 26 mil hombres consumían cada día, pues era preciso trasladar al propio tiempo el parque y los cañones.

Conviene recordar aquí que el ejército de Piérola había ocupado sus posiciones definitivas desde Villa a Monterrico una especie de arco de tres leguas el mismo día en que la brigada Gana tomaba posesión de Lurín, esto es, el 23 de diciembre; y en consecuencia, a la mañana siguiente de la ocupación, el comandante Dublé Almeida Diego emprendió un reconocimiento por el lado de Manchay, región boscosa del oriente, con Cazadores y algunas compañías del Esmeralda y del 3.

Este primer reconocimiento se consideró frustrado. Ese mismo día, de madrugada, el mayor don Manuel Rodríguez, animoso explorador del ejército desde Calama y que vino a morir en ingrato olvido pocos meses después de sus señalados servicios y por su causa, capturó un oficial del batallón 71 división Canevaro que se había extraviado con un soldado en las pampas de La Tablada.

Se llama así la llanura que separa a Lurín de las cerrilladas de Villa y de San Juan, donde, caminando hacia el norte, comienza el valle y la planicie del Rimac. En aquella marcha casi paralela y que duró una semana, supo Sevilla el día 23 de diciembre que los chilenos, desembarcando en Chilca, le habían cortado el camino real hacia Lima, y en consecuencia se dirigió el 24 hacia Calango, lugar distante cinco leguas de la costa.

Desde su instalación había hecho en efecto aquel jefe adelantar grandes guardias y avanzadas hacía una quebrada lateral que desemboca en el valle de Lurín por el sudeste y que los naturales llaman del Manzano o Pueblo viejo; y gracias a esta precaución logró tomar lenguas por el extravío de un expreso del coronel Sevilla y de su inmediata aproximación en la tarde del 27 de diciembre.

Tomó en vista de esto el coronel Barbosa todas las medidas que la situación requería y que dieron por resultado el completo encierro de la columna peruana y su dispersión y captura conforme al siguiente boletín, que ha sido conservado inédito, ignoramos por qué motivo, y que hemos copiado expresamente del libro de órdenes de la 2.

El comprensivo parte de lo que se ha llamado la jornada del Manzano y que se publica por la primera vez, dice así:. Señor general jefe de la 2. Tengo el honor de comunicar a US. El día 27 del corriente a las 6 p. Inmediatamente me trasladé al lugar amagado y en previsión de que las fuerzas avanzadas fueran numerosas y de que el jefe enemigo proyectara una sorpresa, ordené que todo el regimiento Curicó se pusiera en marcha con el objeto de reforzar sus compañías de avanzadas y apoyarlas en el combate.

A retaguardia de este regimiento hice colocar cinco compañías del 3. El resto del regimiento 3. Media hora después de haberme trasladado al sitio que designé como centro de operaciones, el enemigo rompió sus fuegos sobre nuestras tropas, fuegos que fueron inmediatamente contestados por las compañías de avanzadas y poco después por el resto del 2.

Quince minutos después de empeñada la acción, temeroso, a causa de la oscuridad de la noche, de que pudieran nuestras tropas ofenderse, mandé parar el fuego, orden que fue puntualmente obedecida.

Dos compañías del 3. La persecución se prosiguió con toda actividad el día 28 y parte del 29, dando los favorables resultados que me prometía. Han caído en nuestro poder tres de sus principales jefes, siendo uno de ellos el comandante del regimiento Rimac, señor coronel Sevilla, 9 oficiales, 1 cirujano, 1 practicante, 1 telegrafista y 12 individuos de tropa.

Me es doloroso tener que comunicar a U. Me hago un deber en manifestar a U. También me es grato recomendar a U. Estimo, señor general, que las ventajas obtenidas por la brigada de mi mando en la jornada de la noche del 27, atendido a que el regimiento Rimac, totalmente destruido, era la mejor caballería con que contaba el ejército enemigo, son de alguna consideración y por ella me es satisfactorio felicitar a U. No terminaré sin hacer presente a U. Condujo este el activo comandante don Jorge Wood, a la cabeza de Cazadores y Carabineros.

Otro reconocimiento tuvo lugar el día 5 por la quebrada llamada de Picapedreros, en la cual, sorprendido el coronel Barbosa, expuso su vida; y puede decirse que no pasaba día sin que los oficiales del cuartel general o del estado mayor no adelantasen alguna nueva jornada hacia las líneas enemigas.

Por la marina se ejecutaron también diversos reconocimientos, llegando nuestras naves varias veces hasta el pie del Morro Solar y a la vista de Chorrillos.

Esto no obstante, el reconocimiento definitivo de las líneas que defendían la ciudad de los Reyes sólo tuvo lugar el día 6 de enero, aniversario de su advenimiento y de su título. Presidió esta importante jornada en persona el resuelto general en jefe, a fin de señalar a cada uno su puesto de combate, y he aquí como refiere la primera parte del afanoso día uno que en el hecho anduvo:. Se iba a practicar un reconocimiento sobre Villa, pues en los días 25 y 28 de diciembre sólo se habían hecho ligeras exploraciones por fuerzas de nuestra caballería.

A la invitación del general en jefe, todos habían acudido gustosos, pues iban a ver y observar las posiciones enemigas lo que era de suma utilidad en vísperas de la batalla. Formaban parte de la expedición cuatro piezas de artillería de campaña, dos Armstrong y dos Krupp; buines montados, los Granaderos, parte de los Cazadores y los Carabineros de Yungay; asistían también a este reconocimiento los distinguidos jefes y oficiales de la marina inglesa, francesa, italiana y de los Estados Unidos que habían acompañado desde Arica al ejército.

Cesó el fuego; parece ha sido gran reconocimiento. Después del gran reconocimiento, el enemigo se perdió de vista. El reconocimiento en fuerza del día de los Reyes ejecutado por el centro de las posiciones enemigas equivalió al del 22 de mayo frente al Campo de la Alianza. El de la manta blanca es el coronel Lagos. Para este efecto, una división de cerca de dos mil hombres escogidos fue puesta a disposición de aquel jefe, sacados de las tropas de su propia brigada, en la tarde del 8 de enero, e inmediatamente se dirigió a dar cumplimiento a tan riesgosa como importante comisión en el orden siguiente:.

Cien hombres del Buin, montados en caballos de los Granaderos, iban adelante con de estos fornidos jinetes. Marchaba en pos el regimiento 3. Un pelotón de 25 Cazadores al mando del alférez Avaria, oficial que comenzara su carrera con buen nombre en la Guardia Municipal de Santiago, servía de escolta al comandante en jefe de la expedición.

Conforme a las órdenes impartidas en la mañana del 8, se hallaron todas aquellas fuerzas, que llegaban por diversos senderos a las cuatro de la tarde de ese día, en el solitario y abandonado caserío de la hacienda de Manchay, estancia boscosa del valle de Lurín, propiedad de un viejo coronel Arias, proveedor de leña en grande escala de la ciudad vecina.

El coronel Barbosa en campaña no duerme sino sobre el lomo del caballo. Acampó en Manchay la columna hasta la media noche, y a esa hora se puso silenciosamente en marcha por el monte. Iban adelante Buines y Granaderos guiados por el comandante Carvallo que había visitado todos aquellos parajes, y esperaba sorprender una avanzada que en cierta loma conocida mantenían los peruanos. Tal era el terreno que iba a reconocerse, y en el cual los peruanos nos aguardaban.

En cuanto a su línea de resistencia, apoyada a la distancia por el San Bartolomé, consistía en anchos focos y trincheras de tierra que cortaban la quebrada de banda a banda, junto a los terrenos de cultivo, dejando un reducido paso a la derecha que conducía al Rimac y era el desfiladero previsto de la fuga. Con los primeros inciertos albores del amanecer del domingo 9 de enero, la trasnochada pero valiente vanguardia del coronel Barbosa, Buines y Granaderos, halcones y gavilanes, en demanda de matutina presa, llegaban al portezuelo de Ate, y una bomba traidora, que hería mortalmente a un soldado del Buin, era el aviso dado con su estrépito estridente, a los unos y a los otros, de que el combate iba a comenzar.

La división chilena apresuró en efecto el paso, y los peruanos de Ate, despertando en sus campamentos del valle, comenzaron a rellenar el foso y a coronar las empinadas alturas de la derecha con cuadrillas de carne de cañón. La cuarta compañía, que era la guerrillera, del primer batallón fue despachada a reconocer los cerros de la derecha del cajón, por cuyas cabeceras subían en ese momento enjambres de enemigos con la velocidad de gamos.

Los cien Buines del mayor Vallejos apoyaban desde la distancia este atrevido movimiento, llevando su vanguardia el animoso teniente Ibarra, uno de los muchos generosos estudiantes de medicina que habían cambiado en la campaña, por entusiasmo patrio o por desengaños en el servicio, el escalpelo por la espada.

Mientras se da lugar a que los capitanes Serrano y Riquelme otra curiosa coincidencia con los dos nombres y los dos heroísmos de la Esmeralda trepen la escarpada cima, avanza lentamente por la opuesta ladera la compañía del 3. Los peruanos habían roto desde el primer momento un fuego desatentado que les sirvió sólo para quemar su pólvora.

Media hora después del primer disparo se veía en efecto a los peruanos huir en todas direcciones. Al propio tiempo, el mayor Silva avanzaba por el fondo de la quebrada a paso de trote, sostenido ahora por los Buines del mayor Vallejos, sobre los fosos enemigos, resuelto a tomarlos a la bayoneta.

Era aquella una terrible apuesta de denuedo en terreno de secano entre dos terribles lleulles de ultra Maule. En esos momentos llega un ayudante anunciando la dispersión del enemigo; inmediatamente el coronel Barbosa, radiante de coraje y de entusiasmo, proclama en breves pero arrebatadoras palabras a los Granaderos, que con la celeridad del rayo desenvainan los afilados sables y en medio de un sonoro chivateo desaparecen envueltos en el polvo que levantan sus caballos y el humo del fuego; llegan a los fosos: Un detalle doloroso todavía: Una hora después, cuando los chilenos eran completamente dueños del campo de Ate, algunos de sus oficiales observaron, poseídos de dolorosa impresión, que el agua de los regadíos pasaba sobre el lívido rostro del enemigo muerto, lavando con melancólico murmullo la ancha herida que le atravesaba el pecho.

El alférez Vivanco fue ascendido por su bizarría, y es hoy teniente de su regimiento. Los cañones del San Bartolomé, que cerraban en esa dirección el paso de Lima, situada a su espalda, comenzaban también a enviar mal dirigidas bombas hacia la quebrada; y aunque entonces se dijo que el jefe de la columna chilena había pedido un refuerzo de 3. A las doce del día el coronel Barbosa estaba en plena, tranquila y ordenada retirada; y tan lejos se habían hallado los enemigos vencidos de molestarlo, que los Granaderos lacearon un buey a su vista y sabrosamente lo carnearon.

Asistieron a esa conferencia los generales Maturana, jefe de estado mayor; Saavedra, inspector general del ejército; Sotomayor, jefe de la 2. El coronel Lagos, comandante general de la tercera división, no se halló presente a causa de una ligera indisposición motivada por los insomnios y la fatiga. El elemento militar estaba casi balanceado en el consejo por el elemento civil. Expuso el general en jefe netamente su plan en aquella junta, y no encontró sino débiles contradictores. El general Saavedra habría preferido demorar el asalto hasta hacer venir nuevas reservas de Tacna.

Era una simple opinión que él sugería a la responsabilidad del general en jefe, y que en definitiva dejaba a su albedrío.

Acordada definitivamente la marcha de frente, se dispuso todo para verificarla en la tarde del 12 de enero, y a fin de detallar a cada cual lo que le correspondía hacer en la batalla, el general Baquedano citó en la mañana de aquel día a una junta de jefes en su sala de despacho, asistiendo todos los comandantes generales de brigada y de cuerpo:.

Reunidos en un gran salón de la hacienda de San Pedro, el general nos dijo:. Somos chilenos y el amor a Chile nos señala el camino de la victoria. Visible era la santa y generosa expansión del patriotismo en todos los semblantes al oír aquella arenga de soldado y de patriota.

Algunos, como el coronel Martínez, del Atacama, se mostraron sombríos pero resueltos; otros entusiastas y alegres:. Enseguida todos arreglaron sus relojes por el del general en jefe, remontaron a su nivel sus corazones, y de allí marcharon a ocupar sus puestos al frente de sus tropas. Vuestras largas fatigas tocan ya a su fin. En los ejercicios diarios y en las penosas marchas a través de arenas quemadas por el sol, donde os torturaba la sed, os habéis endurecido por la lucha y aprendido a vencer.

El enemigo que os aguarda es el mismo que los hijos de Chile aprendieron a vencer en y que vosotros, los herederos de sus grandes tradiciones, habéis vencido también en tantas gloriosas jornadas.

A las cuatro de la tarde de aquel mismo día comenzó el grandioso desfile del ejército hacia el puente de hierro de Lurín. Al fin, aquellos hombres sufridos iban a Lima, después de dos años de impaciencia y de esperanza. La distancia lineal de Lurín a San Juan, conforme a los planos del ingeniero Orrego, es de El terreno que los chilenos tenían que recorrer era llano pero pesado. Se llama la Tablada en realidad sólo el espacio arenoso comprendido entre esas dos cadenas de médanos, y por su centro corren el camino de Cañete, el trazado de un futuro ferrocarril y los postes del telégrafo.

Este camino penetra en la Tablada hacia su medianía por un blando portezuelo de tres o cuatro caracoles. La hacienda de Villa fue heredad hace algunos años de la familia feudal de Lima de Lavalles y es ahora propiedad de los Goyeneche, familia feudal de Arequipa.

Conforme a esta disposición del terreno y a la misión encomendada a cada una de las secciones del ejército de Chile la división Lynch avanzó de frente por el centro de la Tablada, destacando por la orilla de la playa al regimiento Coquimbo y al batallón Melipilla a cuyos cuerpos se encomendó la arriesgada tarea de atacar el caserío de Villa y sus fortificaciones por sorpresa y por el flanco. La división Lagos, que pasó el puente de Lurín en pos de Lynch, debía ejecutar en el centro de la Tablada una conversión hacia su derecha para caer sobre la izquierda enemiga, al paso que la división Sotomayor, haciendo un corto rodeo por los potreros del valle, tomaría el camino de Otocongo, pasando el río por un puente provisional.

La artillería de campaña recorrería esa misma senda, que por su posición resguardada era mucho menos medanosa y fatigaría menos sus tiros. La artillería de montaña repartida en brigadas seguiría a retaguardia de las respectivas divisiones a lomo de robustas mulas y en el orden siguiente en cada división. Acompañaba a la división Lynch la brigada del 2. Ferreira y don Jorge von Köller, y, por fin, a la tercera, la brigada del primer regimiento a las inmediatas órdenes del sargento mayor don José Lorenzo Herrera y al mando superior del segundo jefe de ese cuerpo, teniente coronel don Antonio R.

La caballería debía partir a las 10 de la noche para llegar fresca al campo de la acción, y el cuartel general se movería sólo después de media noche entre las sombras. El parque seguía en secciones el avance general de las divisiones. La luna que al día siguiente sería llena, entoldada por nubes que velaban su claridad sin extinguirla, alumbraba tenuemente el camino de las tropas.

En marcha y avanzando con intervalos de una hora de fatiga y veinte minutos de descanso, en seis horas completarían las tres divisiones cómodamente su jornada. Bien pronto habremos de saber quiénes eran aquellos exploradores de la noche y por qué por ese rumbo andaban. La marcha de aquella caravana fue breve pero silenciosa y casi melancólica. El noble bruto reconoció sin duda a sus antiguos contendores y quiso desafiarlos impaciente, con su guerrero y bullicioso clarín Tenía ese movimiento lugar el mismo día en que la brigada Gana ocupaba a Lurín.

De esta manera los peruanos tenían dos líneas sucesivas de combate que se desarrollaban una y otra en el espacio de cerca de cinco leguas, defendidas por ciento veinte cañones y treinta y dos mil hombres, de los cuales doce mil correspondían a la reserva. Por lo opuesto, las de Chorrillos a Monte-Rico chico, cuyo centro estaba en San Juan, no fueron ni con mucho tan cuidadosamente estudiadas ni dispuestas conforme a preceptos de la ciencia de la guerra, y esto porque en realidad no lo necesitaban.

Desde el Morro Solar y con una ligera inclinación hacia el nordeste se levanta una cerrillada arenosa que va formando diversas curvas, contrafuertes y picos salientes, algunos de los cuales se encumbran hasta la altura de metros sobre la arena muerta de la Tablada de Lurín.

Tales eran los terribles morros, verdaderos castillos naturales, que debía atacar antes de romper la luz del alba la división Lynch. Sesenta de éstos estaban distribuidos desde Chorrillos a San Juan en la extensión de 4. Y esto es de tal modo, que empedernidos médanos sólo dejan dos pasos transitables para la rueda de los vehículos o la uña de las arrias: Por la abra de San Juan encuentra paso el camino de mulas de Otocongo o de Manchay, recientemente ensanchado para cruzar enseguida por los caseríos y hacienda de su propio nombre San Juan , la de Tebes y la de la Palma situadas en el centro de la llanura que separa a Chorrillos de Lurín.

Aquellas dos aberturas de la cuchilla medanosa de Chorrillos, verdaderos lechos del muro de granito que guarda a Lima por el sur, eran en consecuencia las dos llaves maestras, las verdaderas puertas de calle de las posiciones enemigas. A fin de destruir a fondo el ejército del dictador, era forzoso conquistarlas a toda costa, así como era forzoso para tomarlas apoderarse previamente de los morros que las dominaban a manera de fortalezas naturales erizadas de soldados y de cañones. Al poniente del mismo cerro, como a distancia de una milla, se extiende verde y florida la hacienda de Villa, formando una nueva interrupción a la serie de colinas que van aumentando de elevación hasta el morro Solar y que vienen naturalmente a servir de barrera de defensa contra toda invasión por ese lado.

Sacos de arena, ametralladoras, cañones, minas y anchos fosos triplican, al parecer al menos del soldado improvisado, la natural fortaleza de tan formidables posiciones. La extrema izquierda de nuestra línea es Teves. Mas al oriente de San Juan, las defensas de los peruanos se debilitaban en razón de la naturaleza del terreno. No pudiendo colocar cañones en un terreno abierto, lo sembraron con millares de cubos de hierro que contenían tres o cuatro libras de dinamita, los cuales enterrados en la tierra dejaban sólo en la superficie una especie de cresta a manera de corcho de botella destinado a producir la ignición por la presión del pie del soldado o la pezuña del caballo sobre un depósito de pierato de potasa.

Se ha dicho que en algunos pusieron hasta relojes y billetes de banco en un rollo, lo cual a la verdad era ingenioso y no era caro. La división Lagos, seguida de la caballería, debería recorrer aquella traidora planicie para descender a los campos irrigados de San Juan y Surco, sujetando así las fuerzas que de la línea de Monte-Rico o de Lima pudieran correrse para sostener las posiciones centrales del enemigo.

Por nuestra derecha, pequeñas pero insignificantes excavaciones en el terreno, y en San Juan algunas zanjas con el pomposo nombre de reductos, fue todo.

Treinta y un mil soldados defendiendo tras de un muro sus hogares, contra veintitrés mil que venían a escalarlos a pechos descubiertos, ésa habría sido la proporción, la desigualdad y el peligro.

Dada la disposición del terreno y la proyección demasiado extensa de la línea de San Juan a Santa Teresa, que de abra a abra medía al menos legua y media, contando con las depresiones y eminencias del terreno, los peruanos tenían colocados los cuatro cuerpos de ejército en que había refundido sus divisiones de línea en el orden siguiente, contando de derecha a izquierda, es decir, desde el mar hacia el oriente.

El primer cuerpo de ejército estaba a las órdenes del coronel don Miguel Iglesias y era formado por las tres primeras divisiones del ejército del Norte, a saber la 1. Se hallaba el cuerpo de ejército del coronel Iglesias formado por tropas escogidas por él mismo como ministro de la guerra, y figuraban entre sus mejores batallones el Ayacucho, el Cajamarca que él había traído de sus nativas montañas y la Guardia peruana, cuerpo favorito del dictador y mandado por su propio hermano el coronel don Carlos de Piérola.

Sus brigadas formadas por la 1. El coronel don Manuel Velarde mandaba también en esa ala una columna de honor compuesta de oficiales indefinidos y que sin duda lo eran tales por el escaso salario y el valor.

Se atribuía asimismo por los limeños importancia suma al batallón de camaleros, gente de aparato que había cambiado el cuchillo de degolladores de reces por el rifle; pero al primer cañonazo fueron los primeros en huir hasta el canal Tenía bajo su mano dos divisiones, la 4.

El dictador Piérola tenía su cuartel general en el elegante rancho-palacio del escritor don Manuel A. Entre los primeros se contaba a los generales Buendía, Montero, los dos Canseco, don Andrés Segura, el coronel Leiva, una cohorte, en fin de entorchados, aparte de su secretario general García y García y de su ayudante favorito y secretario privado el célebre escritor boliviano don Julio L.

La actividad física y mental del dictador parecían inextinguibles en medio de aquel dorado torbellino, y hacía quince días que no se quitaba las botas de generalísimo, arrimando apenas su casco prusiano para dormir sobresaltado y sólo de vez en cuando sobre un canapé de campaña. Mas, y precisamente en aquel día, víspera de sangrientas y sucesivas jornadas, cierta calma, signo de la confianza, reinaba en los diversos campamentos del dictador.

Retardada la batalla campal desde el día 6 de enero en que se creyó entonces la noticia de que los chilenos habían pedido refuerzos a Tacna; y en otro sentido, nunca se apartó del todo de la mente de los recelosos defensores de Lima el temor fundado de una agresión en masa por el lado de Ancón, lo que ciertamente no era difícil llevar a cabo. Dominado por estas impresiones montó a caballo el generalísimo a las once de la noche, acompañado del coronel moquehuano don Octavio Chocano, que le servía de inseparable compañero y de baquiano, de su hijo y de un pelotón de soldados de su escolta.

Y la novedad que le traía inquieto no tardó sino minutos en surgir. A las once y media de la noche, en efecto era llevado a la presencia del secretario general que a esas horas dormía, un ambulante chileno tomado prisionero por las avanzadas de Villa y que de golpe reveló la partida del ejército chileno de su campo de Lurín.

Era uno de esos pobres diablos, cuyo nombre por fortuna se ha perdido, que había reclutado el servicio médico a la aventura, y que declaró haber sido sirviente de una casa de Santiago sita en la calle del Estado, sin embargo de llevar a su espalda la mochila de curación de su ministerio y la cruz roja al brazo.

En presencia de los ayudantes del dictador reiteró sus cobardes avisos, y éstos fueron en el acto transmitidos por el telégrafo, siguiendo a aquél en su excursión nocturna. Nunca se ha tenido noticia de este segundo aviso, si bien se ha referido que fue una mujer peruana que por el lado de Manchay corrió con la nueva hacia los suyos. Se dio, en consecuencia, la alarma a la línea de batalla por el telégrafo y por medio de las luces de señales a todos los cuerpos del ejército, de tal manera que a las doce de la noche del 12 de enero, se veía en la larga fila de postes colocados desde Santa Teresa a Monte Rico los tres faroles de colores rojo, azul y blanco los colores de Chile que en su alfabeto de guerra figurado querían decir: Uno de los principales elementos de victoria con que había contado el general Baquedano -la sorpresa- estaba así malogrado por la culpa de un imbécil.

Pero le quedaba todavía la noche y el pecho de bronce de su ejército. El coronel Lynch había mantenido agrupada su compacta división sumergida en las sombras y el silencio.

De propósito ordenó que nadie llevase asnos en la marcha, y sólo una mula de la artillería de campaña, echando tal vez de menos la alfalfa de Lurín o de Rancagua, interrumpió con un relincho la pavorosa soledad de la alta noche. La vislumbre de una chispa haría mal a aquella jornada en que millones de disparos esparcirían en breves momentos por todas partes la muerte. La artillería de campaña del primer regimiento dieciséis piezas mandadas por el comandante don Carlos Wood, iba a la cabeza de la división Lagos, destinada a rebasar el llano de Pampa grande para batir por el flanco o por la retaguardia las posiciones enemigas, y fue singular acaso que esta fuerza recibiera la primera el bautismo del fuego de una avanzada peruana.

La caballería, compuesta de 1. La reserva, compuesta de tres mil hombres y formada por los regimientos 3. Se había ofrecido su mando el día de la víspera al general Saavedra, y no habiendo éste aceptado, la condujo bizarramente por el centro de la Tablaba, llenando los claros de las divisiones, el comandante de ingenieros don Arístides Martínez.

El Atacama sostenido por el Talca, el del centro, y el 2. La artillería de Marina acudiría donde fuera preciso, obrando como reserva divisionaria. El Atacama , acostumbrado a servir de vanguardia al ejército desde Pisagua, fue el primero en tomar las armas y moverse:. Desde el sitio en que las columnas de la división Lynch habían hecho su postrer descanso hasta el pie de los morros que debía tomar a filo de bayoneta, se extiende una faja pesada y arenosa de ochocientos a mil metros de extensión, y era precisamente aquel el campo que los peruanos tenían medido a palmos para alza de sus cañones Grieve y sus rifles Peabody de largo alcance.

Y reconociendo este peligro, la mayor parte de los jefes de regimiento se empeñaban en atravesar aquella zona de la muerte protegidos por las inciertas sombras en que la noche cambia su manto al acercarse el alba. Mas, apenas habían tocado sus dinteles las tres columnas chilenas, seis mil hombres dispersos en guerrilla, se observaron en los cerros de la derecha destellos de señales y en el instante un horrísimo fuego de fusilería y de cañón estalló en todo su frente.

Eran las 5 menos 5 minutos de la mañana por los relojes de los comandantes generales, y en ese momento despuntaba apenas en el horizonte de las mañanas neblinosas de los trópicos la primera tenue y vagarosa claridad del día. Y fiel al consejo, le señalaba ahora el puesto de mayor peligro, que en breve veremos en demasía merecía. A cada instante las hileras se echaban encima unas de otras o se separaban a grandes distancias a causa de la irregularidad del terreno. El cansancio en la tropa era muy grande.

Se oía la respiración fatigosa del soldado a gran distancia. Nada veíamos a metros de nosotros. Sentíamos a nuestra retaguardia el sordo ruido que formaba la marcha del resto de la división.

En ese momento aparece cerca de nosotros y a nuestro frente un jinete. Es el comandante don Wenceslao Bulnes, ayudante de campo del señor general en jefe, que anda en desempeño de sus funciones y a quien la camanchaca ha extraviado. Le pregunté si no había pasado por entre nuestra guerrilla que marchaba a vanguardia. Me contestó que no. Continuamos la marcha después de veinte minutos de descanso.

El comandante Bulnes, ya orientado, se me separó en busca del general en jefe. Suponía que estuviésemos muy cerca del enemigo. Eran las 4 de la mañana. El ayudante Fontanes volvió después de una hora de ausencia con su caballo gastado. Mucho me inquietó el extravío de esta compañía.

El cansancio de la tropa era extraordinario. Las posiciones enemigas apenas se diseñaban a causa de la camanchaca. Eran las 4 horas 40 minutos. El combatiente de esta tierra es todavía, como en el Arauco no domado del poeta, eminentemente agresivo. Pega primero pero pega dos veces, y esto no es ardid sino propensión heredada del indio y del ibero que nunca retroceden y prefieren por instinto, a la fuga que derriba y avergüenza, el combate cuerpo a cuerpo que protege y honra.

Una hora después de emprendido el ataque todos los cuerpos se hallaban en efecto a media falda, en demanda de las altísimas crestas, marchando revueltos los soldados de los regimientos y aun de las brigadas hacia las cumbres y tomando a la bayoneta todos los reductos y defensas exteriores que obstruían su paso.

Éste se hallaba cubierto de sangre. En los momentos en que el encontraba su jefe, y entre airado y radioso le reconvenía por su temeraria acción, le acompañaban sólo los subtenientes Martínez y Fritis y los trece soldados de la fama que dejamos mencionados.

Entre tanto, un siniestro silencio reinaba en el ala derecha de la división Lynch, que hacía larga media hora tenía empeñada la batalla. Los ayudantes mismos no regresaban, porque en el torbellino de plomo que corría a raudales por el llano desaparecían como si la tierra los ocultara en sus entrañas. Así había caído el mayor Rafael Guerrero, y así caería en breve llenando valerosísima misión, Roberto Souper. Igual ansiedad señalaba en el cuartel general a cuya cabeza en una alta colina el general Baquedano contemplaba el denodado avance de aquellos siete mil valientes contra todo el ejército peruano.

Y mientras se le veía aparecer, con un golpe de vista de admirable precisión y serenidad, ordenaba aquel al comandante Arístides Martínez lanzar los tres magníficos regimientos de la reserva en sostén de las fatigadas columnas de la división Lynch, Zapadores al centro, el 3. Cuando los dos bravos jefes de aquellos regimientos, Estanislao del Canto y José María Marchant, se reconocieron en la hora del apuro y del socorro, corrieron recíprocamente al encuentro el uno del otro y con efusión se abrazaron.

El Valparaíso llevaba al 2. Rindió así noble vida a su patria en hora temprana aquel animoso mancebo, voluntario de San Felipe donde su padre era estimado administrador de correos. Y en efecto, cuando el general Sotomayor llegaba a sus líneas a las 5 y tres cuartos de la mañana, ya la brigada Gana que iba adelante, se había lanzado vigorosamente sobre los formidables atrincheramientos que cerraban a nuestro ejército la entrada de San Juan, eje real de la batalla.

En los primeros momentos la falta de órdenes superiores había causado cierta vacilación, y una bomba caída en medio de la segunda compañía del 2. El coronel Barbosa había encomendado tan atrevida empresa a aquella tropa bisoña, gritando a sus soldados: El Lautaro ascendiendo al mismo cerro en otras direcciones se cubrió también allí de gloria. Una bala disparada de soslayo de uno de los altos cerros que asaltaron hacia la derecha los cuerpos de la división Barbosa, le quitó la vida; y al divisarle, echado de bruces con su largo paletó negro ceñido a su cintura por una faja de seda azul, muchos de los que pasaban hacia adelante le tomaron por uno de los capellanes del ejército, pues éstos en todas partes se exponían a las balas.

Sucedió también un lance oscuro pero doloroso en el avance de la brigada Gana porque habiéndose quedado con una rodilla en tierra un soldado anciano del 2. Los soldados del Buin, sin perder su calma de veteranos ni aun en aquellos extraordinarios momentos, no se preocupaban tanto de avanzar, sino que, siguiendo las órdenes de su comandante, se detuvieron allí, y desde las faldas, desde la cumbre, desde la planicie, concentraron terrífico fuego sobre la entrada del puente.

Los peruanos eran derribados a centenares, como cuando la guadaña del segador echa abajo las maduras espigas. Unos sobre otros, tendidos boca abajo, en la actitud de la fuga, con los brazos abiertos hacia adelante, mordían el polvo vergonzosamente heridos por la espalda. Al contemplar aquellos montones de cuerpos se nos figuraba que así debieron quedar las puertas de la Compañía cuando las víctimas, huyendo del fuego, tropezaban con el nudo humano que forcejeaba por salir.

Había bastado que el mayor Castillo del Santiago se avanzase por la Pampa grande con las compañías guerrilleras barriendo su frente en orden disperso, para que los gendarmes de Lima, los famosos camaleros, y la columna de honor del coronel Velarde se dispersasen cogidos todos de irreflexiva cobardía. Es posible que el general Baquedano no haya leído muchos libros de guerra, pero conocía a fondo su ejército y el del enemigo, y por esto en todas partes, como hombre de guerra, acertaba.

Y, en efecto, a esa hora cabal, las ocho de la mañana, el coronel Lynch se había apoderado de la abra de Santa Teresa y tenía asida la victoria por una de sus alas, mientras el general Sotomayor enclavaba la otra en sus trincheras. Todos los regimientos habían estado a la altura de su misión, con excepción del Colchagua cuyo segundo batallón se atrasó notablemente en la subida.

Envió por esto a su jefe duro reto el coronel Lynch con su ayudante Roberto Souper, y fue en los momentos en que este hombre que desde el vientre de su madre había venido a luz reñido con el miedo, estaba cumpliendo su misión animando con su ejemplo a los bisoños y a los intimidados, cuando siete balas le postraron con su montura.

Y abandonado allí, le encontraron al tercer día de su agonía en una cueva que él mismo se había labrado para guarecerse El ascenso grandioso de las cumbres de San Juan y de Santa Teresa que había sido la victoria, fue sumamente mortífero para los diez regimientos chilenos que pelearon allí a cuerpo descubierto.

El mismo pundonoroso jefe de aquella ala perdía dos o tres caballos y en diferentes sitios del vasto y accidentado campo de batalla perecían, como en Tacna, no menos de diez jefes peruanos dignos de su causa y su bandera.

Schütz, supe que en este tiempo tiempo de lluvias en las alturas , necesitaría tranquilamente dieciséis o dieciocho días. Esto me pareció en realidad, excesivo y empecé a pensar para mi capote, si podría tal vez privarme de un trote tan perverso ya que no creía posible que pudiera resarcirme del resultado de tantos esfuerzos y dispendios de semejante marcha por encima de dos cordilleras.

La clase culta de alemanes en Lima, incluyendo hasta los incontables cónsules, nada sabía de la tal colonia, como si no existiera. Como esto no ayudaba en nada hube de viajar yo mismo ya que no quería ser infiel desde un principio, a mis planes originales. Hube de prepararme para todas las posibles contingencias, aunque no suficientemente, como lo supe después para mi desgracia.

No creí nunca que en un país tan difícil había que gastar tanto dinero, ya sea para venir del lugar como para subsistir. Al tercer día de Navidad, a eso de las diez de la mañana partí, poniendo el revólver en su funda, a la derecha y llevando cargada a un lado, mi escopeta de dos cañones, pues había oído un montón de historias de crímenes en ese camino y por lo que se me advirtió que no hiciera solo el viaje.

El camino se extiende desde Lima, cuando ya se ha atrevesado el puente sobre el Rímac, en dirección al norte, hasta llegar al río Chillón, siguiendo fielmente a éste hasta al divortium aquarum en la cordillera. Él sofrenó su cabalgadura en cuanto me alcanzó, a fin de preguntarme adónde iba tan solo. Y diciendo esto tomó hacia abajo, desapareciendo en pocos minutos en una nube de polvo que su propia cabalgadura había levantado del suelo seco. Habría hecho una media hora de camino a través de ese desierto cuando vi surgir ante mí una columna de polvo, reconociendo casi inmediatamente a tres jinetes que por mí mismo camino se dirigían a Lima.

Se trataba de negros como lo descubrí luego y dirigí mi caballo hacia la parte derecha del camino para que ellos pasaran por la izquierda. El camino no estaba allí claramente limitado, pudiendo tener hasta unos cien pies de ancho. Con anticipación había metido mi mano en la funda, y extrayendo de ella mi revólver, les dije a los hombres, completamente tranquilo: De un salto se puso con su caballo al otro lado, en tanto que los otros dos soltaron la carcajada.

Cuando volví la cabeza poco después vi cómo continuaban su camino. Pero estaba seguro de que no me seguirían, pues ello sería una señal de clara enemistad, ante la cual hubiera tenido que usar mi escopeta de dos cañones. Debieron haberlo comprendido así, pues no fui nuevamente molestado y por fin se perdieron de vista. Estaba relativamente satisfecho con mi caballo el que, como todas estas bestias, siendo excelentes en grupo, son lerdas cuando solas, por lo que lo aguijoneé con las espuelas.

Alcancé pronto el pequeño torrente del Chillón al cual tendría que seguir en trote, en adelante, y en cuyas orillas encontré por lo menos algo de vegetación aunque mucho menos de lo que había esperado.

El valle por el que yo iba ascendiendo se mostraba pelado y seco a ambos lados de la corriente. Descubrí una gran cantidad de cercas construidas con piedras superpuestas, lo cual me hizo reflexionar por qué permitió Dios que los hombres levantasen con visible trabajo y esfuerzo estos muros que encerraban una gran cantidad de lugares en los que ni siquiera temblaba la punta de una paja.

Es posible que estos cercos se conviertan en prados, en los cuales puedan distraer su hambre las bestias, siquiera por corto tiempo. Brotan allí una cantidad de fuentes, y hasta el mismo río o torrentera tiene suficientes cascadas como para conducir el agua a diversos sitios. Sólo le permiten prosperar al extranjero, estando dispuestos a lo sumo a devorar lo que les produce un alto cargo o a pasarse todo el día, apoyados los codos sobre el mostrador.

El suelo es, en primer lugar, lo suficientemente fértil como para producir excelente verdura, siendo los alemanes los que generalmente la cultivan. Antes de la caída de la noche llegué finalmente al puente sobre el Chillón, que fluía allí con demasiado brío como para que pudiera pasarlo a caballo. Al otro lado había una hacienda, Macas, donde yo podía pernoctar, y donde encontré por lo menos una buena cama, como para reposar de las molestias del primer día.

En el puente, un chino me cobró derecho de pontazgo, y desde allí vi que junto a la hacienda había una cantidad de chozas bajas y sucias construidas con esteras, en las que los chinos hormigueaban.

Al pedir informes, me dijo el mayordomo pues el propietario vivía en Lima o por lo menos no se encontraba allí , que estos chinos, llamados coolies, estaban obligados por un contrato de ocho años, después de los cuales recobraban su libertad, bien sea para comenzar algo para sí mismos o para contratarse nuevamente. De Macas hasta donde había tenido un camino relativamente plano, salí en la madrugada del día siguiente, habiendo llegado pronto al terreno propiamente montañoso del país.

El Chillón tiene un descenso extraordinariamente fuerte, que no con poca frecuencia se descompone en pequeñas caídas de agua. Junto a Macas, en la orilla derecha del río, y a una regular altura sobre el cerro, en un lugar yermo, de paredes peladas e infértiles, se extiende una antigua ciudadela indígena, que tiene la apariencia de un fantasma. Los sudamericanos no tienen una idea precisa acerca de la construcción de caminos, la cual se limita a asegurar el paso de una bestia de carga por determinado sitio.

Usan cuidadosamente la pólvora de mina pero no tienen una idea de lo que es el barreno o por lo menos nunca lo han utilizado. Aquí forma el Chillón una cadena de cascadas, y resulta maravilloso ver cómo se precipitan borbollantes y espumosas las ondas desde las oscuras sombras de las peñas, yendo a hervir y burbujear en los profundos calderos.

Para ello tienen las mulas un excelente instinto en el cual puede uno confiar, pues mientras menos se use el freno, mejor caminan ellas. Llegaron a dar las nueve antes de que alcanzara la ciudad, fue difícil conseguir alojamiento para mí y forraje para mi bestia. En realidad, no era cosa de pensar en una cama, habiendo tenido que dormir en la noche -como muchas veces me ocurrió en mi vida-, apoyando la cabeza en la montura y envuelto en mi poncho. Verdad es que se me dijo que aquí llovía con frecuencia.

En efecto, los cerros estaban aquí cubiertos por matorrales verdes llenos de flores y hasta en el mismo camino se encontraban los atrayentes y olorosos arbustos de heliotropos vainillas , que difundían su aroma en la fresca brisa de la mañana. Las aves de América tienen colores supremos, aunque son muy pocas las que realmente cantan. No hay cómo establecer comparación con nuestros cantores de los bosques, con excepción del Mockingbird de Luisiana, al que se le llama también ruiseñor americano.

Crece en abundancia alfalfa, maíz y papas, pero permanecen limitados al estrecho valle. Los vecinos han osado establecer verdaderos campos de cultivo sólo de trecho en trecho, en lo alto de las laderas, que aparecen verdes y fértiles. El daño lo recibía naturalmente el destinatario. Varias de las pipas y tuberías estaban ya dobladas y un par de llaves del gollete se habían roto. No sabía en realidad cómo podrían ser reparadas en el interior del país. Como había hecho con mi bestia un trote muy extenso por lo que quería cuidarla, hube de quedarme ese día junto con los arrieros, en la natural presunción de que conseguiríamos alguna casa cómodamente arreglada en la que pudiéramos pernoctar.

Me vi completamente defraudado. Pero alcanzamos la parte divisoria de la cordillera, a la que llegamos tan poco a poco, que no lo noté en absoluto sino cuando me lo dio a saber el viento frío. Caravanas íntegras de asnos cargaban esos pesados barriles de hierro provistos de tornillos, en los que se envía el azogue, que es usado en Cerro de Pasco para la amalgamación. Otros llevaban grandes barricas y cajas gigantescas y una de las desdichadas bestias cargaba hasta un piano en los lomos, el cual era así transportado desde Lima a la ciudad del Cerro, distante 48 leguas de la capital, algo así como 34 leguas alemanas.

El que conoce el camino, debe de considerar tal cosa como imposible, pero las mulas hacen posible todo lo que les compete y aunque no con rapidez, siguen su camino con absoluta seguridad. Mas a veces les resulta demasiado pesado, especialmente en estas alturas, en la que los cerros tienen el forraje estrictamente necesario y donde en este mundo de Dios no se encuentra nada para comprar, no pocas veces las abandona las fuerzas.

Prueba de ello se encuentra en los amarillentos y muy numerosos esqueletos de mulas y de caballos en las alturas y hasta en las mismas calles, pues mientras ellas siguen trepando, no le dan a uno descanso alguno. A menudo no se les libera de la pesada carga sino a los muertos, carga que acaba por traer a tierra a las bestias muertas de hambre. Los arrieros no pueden o no quieren siquiera comprar forraje para sus bestias, pues apenas han llegado las alturas, donde nadie hace acopio de forraje, conducen sencillamente a su grupo de animales a los prados.

Todo lo bueno que éstos podían ser para ellos, lo vi al día siguiente, allí donde todo el suelo estaba cubierto de blanco rocío. En cuanto a alimentos, no había cómo conseguirlos. Llevaba conmigo algo de pan y chocolate con lo que tuve una frugal colación.

A la mañana siguiente nos pusimos nuevamente en camino, muy temprano, quiere decir que los arrieros comenzaron con sus animales de madrugada. Empero, antes de que ellos hubiesen arreglado sus monturas y sus bultos, transcurrió un tiempo bastante largo, una hermosa parte del día. Y no obstante no se veía ni siquiera un animal salvaje para cazar. Donde se empinaba el camino, hube de bajar dos veces de la silla, a fin de aliviar a la bestia, y me di cuenta con asombro, que mi respiración se hacía pesada.

Sentí también, de manera especial, lo ralo del aire cortante, cuando respiraba por la nariz, pero ninguno de los inconvenientes de que había oído hablar. Justamente debajo del Ecuador y hasta a pocos grados distantes de él, hay una multitud de cumbres cubiertas de nieve, entre las cuales el gigantesco Chimborazo, alcanza a tener una masa de cinco mil pies de nieve.

Desde aquí se precipita el camino muy pronto hasta los La llama tiene también anchas uñas con las cuales no se hunde profundamente en el suelo y tolera mejor que la oveja las plantas acres que crecen en el agua. Parece que hubo antes, guanacos, cuya patria es en realidad la Patagonia, hasta los 30 grados de longitud, pero éstos han sido exterminados o empujados hacia el sur, donde se les encuentra en tropas siempre numerosas.

Los antiguos Incas, cuyo recuerdo vive todavía en la boca del pueblo, mientras sus sencillas construcciones resisten hasta nuestros días la obra del tiempo, emprendían con cierta frecuencia grandes cacerías de vicuñas, en una manera sumamente particular, reuniéndolas. Los colgajos de plumas no eran demasiado altos, pero las vicuñas no se atrevían a saltar por encima de ellos.

Los indios se cuidaban mucho por eso, de no rodear una tropa en la que barruntaban la presencia de los prudentes guanacos. Seguramente no existe nada tan efusivo y cariñoso en el mundo, como una llamita joven, con su sedosa y densa lana. Habría dado cualquier cosa, si hubiese podido llevarme uno de estos preciosos animalitos. Mi mula, de aire fino y delgado, se condujo bastante bien en la altura, sólo que en la subida pareció que le faltaba un poco el aire, pues estornudaba fuertemente y se detenía con frecuencia para descansar.

No obstante, no se puede comparar esto con el interior del Ecuador, ya que, en comparación con los habitantes de ese país, son los peruanos unos verdaderos holandeses. De vez en cuando consiguen también maíz, el cual lo tuestan con manteca, sirviendo de esta manera como pan. De esta casa, Casacaucha, en la que pernocté, salí al despuntar la aurora, para llegar a una pequeña ciudad, Huayay. El camino que va hacia allí, que continuaba en la puna, estaba muy malo. A pesar de que atravesaba por la parte alta de los montes, en laderas cubiertas de pasto, el suelo se mostraba tan blando y pantanoso, que mi mula corrió el riesgo de hundirse dos veces, debiendo poner el mayor cuidado para conducirla, en adelante.

En el camino no llegué a ver otra cosa que numerosos hatos de ovejas y tropas de llamas. Los pastores viven en pequeñas chozas redondas que tienen algo así como cuatro pies de alto construidas con piedras cubiertas por un techo puntiagudo hecho de juncos trenzados.

Como combustible usan las motas de tierra con pasto que cortan en la tierra fangosa y las secan al sol. En torno de la choza hay un hoyo circular, construido asimismo, por trozos de tierra terrones , que de día sirve como asiento y de noche como cama caliente.

El humo circula naturalmente a través del techo, o por cualquier sitio que le sirva de salida, ya que no existen chimeneas. Llegué a Huayay algo así como a las tres o cuatro de la tarde y como hasta Cerro de Pasco me quedaban todavía ocho leguas, decidí pasar allí la noche.

Nadie quería hospedar al extranjero, y la respuesta que escuchaba era: Bajé sencillamente del caballo, quité la cincha de la montura y la llevó al interior de la casa, puse mi escopeta en un rincón y le expliqué al propietario, que antes se me había mostrado bastante rudo, que yo era solo. Pareció que él encontró todo esto correcto, y nada se dijo respecto a mi anterior petición, siendo el hombre, desde ese momento, tan afectuoso como le fue posible.

Hasta llegué a obtener algo muy raro: Quise naturalmente festejarlo y prepararme por lo menos un grog, para beber y brindar por mis amigos, en dicha ocasión. No hay palabras para expresar el momento en que sonaron las doce de la noche, y mientras vi en mi pensamiento desaparecer la pareja de la iluminada sala, en tanto que meditaba en el tranquilo e íntimo cuartito, en el que buenos amigos se decían mutuamente este brindis: El año viejo había pasado y un nuevo año comenzaba.

Eso era todo lo que sabía la gente y no se inquietaba por el resto. Ellos saben que el año tiene días. Mi vela se había apagado finalmente, y cuando me desperté al día siguiente, el sol del año nuevo estaba ya en el cielo. Como no tenía que hacer visitas por el Año Nuevo, esto no me estorbaba. Me levanté despacio, preparé mi chocolate y ensillé mi mula para proseguir el viaje. Y otra vez la tempestad. El sol que ascendía lamió pronto el rocío de las laderas, y sólo cuando estuve en la silla, tanto mi bestia como yo nos calentamos.

A pesar de que hacía tiempo había comenzado la estación de las lluvias, yo había permanecido felizmente indemne. Encontré un pequeño grupo de viajeros, que también venían de Lima y querían seguir a Cerro de Pasco. Sólo plata, con la que se paga, reside en el seno de esta tierra, habiéndose establecido los hombres en esta frígida soledad con el fin de extraerla.

Como originalmente Cerro vino de Pasco, llamaron a la ciudad tal como frecuentemente lo hacen en nuestro país los escritores, Cerro de Pasco.

Así sigue viviendo Pasco; y nosotros pudimos verla sobre una ladera seca y pelada. Ni comercio ni industrias florecen en la ciudad madre a la que ha sobrepasado en mucho la ciudad de Cerro, rica en plata y ennoblecida.

Vimos también hacia abajo un par de haciendas; pero los propietarios de las mismas tuvieron que limitarse a la ganadería, ya que todos los frutos del campo son malogrados por el hielo nocturno, que cae en toda época del año.

Algo que es difícil imaginar en el mundo. No parece existir volcanes en actividad, por lo menos no pude reconocer en ninguna parte las columnas de humo, que en el Ecuador cubren muchos campos nevados. La pampa forma aquí algo así como un caldero rodeado de poderosas vertientes, el cual debe tener de contorno unas cuatro leguas, teniendo al centro una laguna. El camino se extiende hasta esta laguna, que queda a la derecha, en tanto que la ciudad de Pasco permanece en la colina de la derecha, un poco hacia la parte alta de la izquierda.

Hay muchos que no pueden tolerar el aire tan ralo y tan cortante, teniendo la mayor parte de las enfermedades que se presentan en los lugares sanos, su asiento en los órganos de la respiración y en los pulmones. Conservé el mejor apetito, no obstante las profecías de lo contrario, manteniéndose mi estómago en perfectas condiciones. Desde allí no se puede reconocer otra cosa que los tejados de un rojo oscuro de las tejas, tejados unidos unos a otros, así como los muros grises de las casas hechos de adobe.

A la izquierda de la ciudad, y separada de ella por una laguna brillantísima, un edificio limpio y regular, que es el Lavadero de la plata, movido a vapor, y los depósitos redondos, alineados a cordel, en los que la tierra molida y conteniendo plata, es pisoteada por caballos hasta convertirla en una especie de papilla. La ciudad cuenta ahora con 12 a 15 mil habitantes, estando todas las casas provistas de todo el lujo europeo, a pesar de que cuanto poseen tiene que ser transportado a lomo de mula.

En todo caso he comprobado lo que en muchas otras tierras extranjeras, en las que encontré a los alemanes divididos y separados. Tomados individualmente todos son buena gente, honesta, pero cualquier malentendido, da lugar a provocaciones.

Cada cual cree tener la razón, nadie quiere dar un paso hacia la reconciliación que cada cual la considera imposible, de suerte que la enemistad se vuelve irremediable. Es difícil, empero llegar a cocinar bien las menestras. Hasta llegamos a intentar la cocción de grandes habas en un caldero, pero en vano. Estuvieron hirviendo desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde, y a esta hora las habas seguían tan duras como a las ocho de la mañana.

También es difícil cocinar los huevos, por lo que deben hervir mucho tiempo. Se trata de las papas heladas, que son expresamente expuestas al hielo hasta que se vuelven completamente acuosas, luego se les presiona y quita el agua todo lo que se pueda, con lo que se reducen solamente a su parte feculenta y así es como las comen, cocidas o asadas, y con gran apetito.

Esta manera de preparar suena al comienzo razonablemente ya que propiamente se deja helar sólo la parte acuosa de la papa, haciendo que permanezca lo mejor y harinoso. Es por ello que las calles todas se encuentran unidas por pequeños y estrechos pasajes corriendo sin orden ni concierto en todas, direcciones; y que no existe un verdadero mercado en la misma ciudad porque se pensó solamente en un mercado cuando la población ya estaba lista y la gente necesitaba aprovisionamientos.

No pudiéndose tampoco hallar la turba en cantidad como para satisfacer las necesidades del lugar. Así como a una isla en alta mar sólo se puede llegar por barcos o por botes, a Cerro de Pasco se llega sólo con mulas o con llamas, a las que no sólo se les encuentra en los caminos, sino hasta en las mismas callejuelas de la ciudad, por centenares. Durante horas permanecen paradas solas e inadvertidas en las esquinas de las calles, en espera de su carga o de su arriero sin preocuparse de su vida y sus afanes.

Algo totalmente distinto ocurre con las llamas, las que por mucho que parezcan tan mansas y buenas, han conservado algo de su original naturaleza salvaje. Espantadas, se alejan a un lado, esquivando hasta una mula que rompe sus filas, tan tímidas, que no quisieran ser rozadas. Si hubiese necesidad de alimentarlas como a las mulas, nunca devolverían el costo de su alimentación; mas como su sustento cuesta un mínimo, se nutren y satisfacen con el indispensable forraje, de suerte que cualquier rendimiento que tengan, es ganancia.

En Cerro son utilizadas unas veces para transportar desde los valles calientes, forraje fresco para los usos de la ciudad, otras veces para cargar el metal hasta los lavaderos. En el camino de Lima a Cerro, no he visto nunca, ni una sola vez, llamas cargadas. Llevan chaquetas cortas, de paño negro, cortos pantalones hasta la rodilla, y a veces hasta encima de ella, medias grises de lana que les cubren hasta la pantorrilla y a partir de los tobillos, y en vez de los pesados zapatos tiroleses de montaña, llenos de clavos, una especie de sandalias de cuero sin curtir, que se sujetan por medio de correas del mismo cuero, y que pasan sobre los dedos y los talones.

Muchos de ellos llevan también sombreros de fieltro, y si no fuese por el color café oscuro que tienen, se les podría tomar por buenas imitaciones de los tiroleses. No poco contribuye en ello el contorno formado por nevadas sierras, que viene a aumentar la alucinación.

Otra de las diferencias consiste en la forma de llevar la carga. Así, dividen ellos el peso entre los hombros y la cabeza, con lo que aligeran en cierto modo la carga. La coca es una planta de tamaño pequeño, que tiene hojas que no se diferencian mucho de las del arbusto del té. Ellos no lo utilizan en esta forma, o por lo menos muy rara vez. En la tapa de la calabaza hay una lengüetita que va hasta el fondo, tal como la agujeta que suele haber en un polvorín.

Esta lengüeta sirve para sacar adherida a ella un poco de cal, la cual es lamida por ellos en cuanto tienen la boca llena de coca. Se afirma que la coca posee algo vivificante y fortificante; que disipa el hambre y la sed y comunica a los miembros una nueva elasticidad. Tal es lo que dice la gente, pero yo no lo sé, porque no he descubierto en ellos semejantes propiedades milagrosas. Tomado como té, en cambio, no le niego mi confianza. Se cultiva también la coca en la parte oriental de la cordillera, siendo transportada a Lima, donde tiene un alto precio.

No es por lo tanto un artículo barato para la exportación. El producto debe de ser excelente como para cubrir los intereses. Resulta singular, por otra parte, en Cerro de Pasco descubrir de repente en la ciudad, o en casas reconstruidas, pozos o socavones en el cerro, en torno de los cuales se ha levantado solamente una pared de protección. Se ha sacado plata de estas minas, en cantidades extraordinarias, aunque han sido trabajadas en forma primitiva. El mineral es molido primeramente con gigantescas muelas, hasta reducirlo a polvo, luego se traslada a recintos redondos y amurallados, donde se ha dispersado sal, después de lo cual, se la hace pisotear en buena forma con caballos, a fin de mezclarlo todo, y formar cloruro de plata que se amalgama después con facilidad con el azogue que se le añade.

En esta condición, absorbida y revestida completamente por el azogue, hay que dejarla en exposición, pues el azogue se separa con muy poco trabajo de la plata. En primer lugar, esta masa que hay que amasar, debe ser prensada en lienzos, en los cuales se queda una gran parte del azogue y el resto se deja evaporar debajo de una campana y al fuego, mediante lo cual se pierde el resto del azogue y se elabora la plata completamente limpia.

Casi todas estas minas son de propiedad privada, y por lo que alcanzo a saber, sigue en vigencia todavía en América del Sur la ley de minas española o mexicana, que fue dada con el objeto de favorecer la explotación de las minas y estimular a la gente a buscarlas.

Se da a los que las descubren todas las facilidades posibles. Aparte de esto, los propietarios de las haciendas vecinas tienen que proporcionar al denunciante, madera -si hay en ella- y agua, en cantidades que éste requiera a un precio conveniente y estipulado; y si la mina es rica, puede él sacar provecho de ella, sin tener que temer que su trabajo pueda fracasar por pequeños inconvenientes o chicanerías.

Los caminos en esta bendita tierra son en verdad tan inseguros, que no se puede correr el riesgo de enviar lingotes sueltos con un arriero. A esta escolta se unen después, no raras veces, otros viajeros, formando una tan respetable tropa, que la gentuza no se atrevería a ponerle alguna dificultad en el camino. El mismo Cerro de Pasco no obtiene ninguna utilidad especial de ello. Hasta este camino tan principal deja mucho que desear, realmente, es a lo sumo, una simple y brusca senda para mulas, con infinitas dificultades, que desde hace años habrían podido ser eliminadas completamente, si sólo una pequeñísima parte de la plata que los pobres animales tienen que acarrear al valle, se quisiera emplear en ello.

Hasta se habla de extender un ferrocarril a Cerro, lo que de ninguna manera sería imposible. Se habla de ello, evidentemente. Son cosas que sólo han prometido al país. En Cerro hay una cantidad de gente rica y pudiente, que debe su dinero exclusivamente a las minas. Eso tiene una semejanza con el juego de azar, y es, por sus parciales éxitos, tan peligroso y contagioso como el juego de azar.

El éxito de uno solo atrae a otros a buscar su suerte, alimentando la esperanza de hacerse de un quiño una fortuna, invirtiendo unos cien o mil dólares, a la vuelta de un par de años. Naturalmente, esos hombres no entienden nada de minería, debiendo fiarse en otros, quienes sólo pueden apoyarlos por sus medios.

Tales hombres siempre encuentran con facilidad personas que han descubierto una mina fabulosa y quienes por carecer de unos doscientos pesos, se vieron obligados a abandonar el tesoro. En todas las fondas hay billares, en tanto que los pacientes mulos cargan sobre sus lomos toda suerte de objetos de lujo hacia la gran ciudad para esa insaciable población humana.

Por todas partes ofrecen bebidas, panaderías, puestos de tabaco, dulcerías y otros mil objetos, en los que no piensan otros hombres, y saben adornar las paredes con litografías francesas, buenas en parte, desagradables otras, referentes a las batallas recientemente libradas. Se ven incluso esos papeles pintados, bonitamente pintados, con humo de pólvora en el medio, una fila de pantalones rojos a la izquierda y blancos uniformes a la derecha, matizados con balas de cañón en el paisaje, como si apenas dos semanas no hubiese llovido otra cosa que balas de cañón de tres pies, en término medio.

Cerro realiza un comercio muy importante con el interior del país, pudiendo ser considerado como el almacén de todas aquellas haciendas que se encuentran dentro de una circunferencia de 50 leguas en la vertiente oriental de la cordillera. Todos los objetos europeos o norteamericanos imaginables, se encuentran en sus depósitos, siendo comprados a los vendedores al por menor de Cerro, por otros vendedores al por menor, los que se consideran maltratados por la suerte, cuando por cada uno de los artículos no ganan el doscientos o trescientos por ciento.

Los peores artículos se remiten a esta ciudad-colmena, especialmente a las tiendas de sombreros y de modas pasadas, ya que todo es bastante bueno todavía para la cordillera-. La coca misma debe sufrir doble envío a otras plazas. Las mulas que regresan a Lima, casi siempre lo hacen vacías, a fin de acarrear al devorador Cerro nuevas presas. Tal es este lugar que antaño alojaba apenas a unos cuantos trabajadores mineros y que parecía depender completamente de los beneficios de la minería, y que con el correr del tiempo se ha convertido en una plaza comercial apreciable, la que aun, si cesara conjuntamente la explotación, podría seguir subsistiendo bien.

El gobierno tendría que construir sólo caminos carreteros, caminos y caminos, desde Cerro a todas partes; y si llegara a extender realmente una línea férrea a este punto central del comercio del interior, podría esperarse que las propiedades rurales situadas cerca de las fuentes del río Amazonas, se valorizaran alguna vez.

No descuidé esto en Cerro de Pasco, por lo cual fui ampliamente recompensado. Aquí deben morir infinidad de criaturas. El cementerio es sumamente pequeño para una ciudad tan populosa. También dejan mucho que desear los mausoleos erigidos a los muertos. Mi acompañante, que ha vivido mucho tiempo en Cerro de Pasco, me refirió algo de los que habían muerto hacía poco. Me volví hacia el lugar de donde provenían esos tonos no muy atractivos en momento tan oportuno, como para ver un entierro.

Esto duró como una hora hasta que los hombres encontraron que la tumba era suficientemente profunda, haciendo honor entre tanto, con mucha aplicación, a una botella de aguardiente. Por fin, todo estuvo listo y entonces se acercó el acompañamiento hacia la tumba, siempre con el tocador de violín. Las mujeres rociaban con aceite el traje de seda de la criatura, en razón de lo cual salieron a relucir muchísimas manchas.

Es apenas creíble, pero tiene que ser cierto, por desgracia.

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